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Qué ver en Marruecos?

Descubre Marruecos por los cuatro costados, un destino fascinante y al lado de casa. Del Océano Atlántico al desierto del Sáhara. De las estrecheces y la locura de sus agitadas medinas a la soledad y el silencio de un gran desierto. Marruecos es un exótico portal de entrada a África; sus montañas, dunas y costas están habitadas por bereberes y nómadas y sus ciudades están formadas por viejos callejones que conectan zocos y riads.

Marruecos es un país que moldea los sueños de cualquier viajero y despierta los cinco sentidos. Su brutal contraste paisajístico y el inevitable choque cultural que sorprende al viajero que lo recorre por primera vez, suele enganchar más y más a quienes repiten. Con Marrakech, como punto de partida, nos disponemos a recorrer nuestro vecino país norteafricano de norte a sur y de este a oeste. Un viaje por los cuatro puntos cardinales.

Alí pasea a lomos de su camello James en la playa de Essaouira © Bisual Studio

Un bereber en las callejuelas de la kasbah de Ouazarzate © Bisual Studio

Explora todo lo que deberías ver y hacer en Marruecos de la mano de los fotoperiodistas de Bisual Studio.

1. Marrakech, “la ciudad roja”

Iniciamos la ruta en Marrakech, la ciudad roja. Un bazar infinito, un zoco hipnótico. Todas las descripciones caben en la capital de Marruecos. Todas, incluso las que la pintan como un teatro de adobe, un escenario estático por el que pululan miles de actores, un plató orquestado al milímetro para gozo del turista. Aquí el viajero se encuentra con una ciudad bulliciosa, ajetreada, llena de espacios ocultos, escondidos al ajetreo diario de encantadores de serpientes, cuentacuentos, luchadores y demás buscavidas que deambulan por su centro neurálgico, la plaza de Djmaa el Fna “lugar de los muertos” en árabe. Marrakech te envuelve poco a poco. Te seduce con sus aromas, sus colores y sus sabores. Te embauca. Y lo único que hay que hacer, es dejarse llevar.

Al caer el sol, la agitada plaza de Djemaa el Fna se llena de puestos ambulantes de comida © Bisual Studio

Patio de la Madraza Ben Youssef, Marrakech © Bisual Studio

Puesto de especies en el zoco de Marrakech © Bisual Studio

Especies marroquís en el zoco de Marrakech © Bisual Studio

2. Al norte, Chaouen, “la ciudad azul”

Un antiguo barrio amurallado de dimensiones asequibles y tranquilo nos da la bienvenida. En el norte de Marruecos, Chefchaouen es uno de los parajes más bellos de las montañas del Rif, con cientos de casas pintadas de blanco y azul. Sólo sus tiendas de artesanía rompen el hechizo monocromático. Las calles de este pueblo con clara influencia andalusí, destilan tradición al igual que sus gentes. Un enclave mágico, una ciudad tranquila que invita a pasear por sus anárquicas callejuelas para acabar sentándose en un café delante de un té a la menta. Porque aquí, lo importante es ver pasar el mundo acompañado de los lugareños, a pesar de tener tantas cosas que hacer. Subir hasta el pico más alto del norte de África, aprender a preparar cous cous, regatear en los zocos o perderse por su medina.

Un grupo de chicos juega al fútbol con la ciudad de Chaouen de fondo © Bisual Studio

Callejuelas de Chaouen © Bisual Studio

Un panadero hornea en su tienda azul, el color típico de Chaouen © Bisual Studio

3. Al oeste, Essaouira “la perla del Atlántico”

Normalmente, el corazón de las ciudades árabes es un laberinto hermético donde se perpetúan las tradiciones. En Essaouira no. Esta ciudad vive de cara al mar. Último bastión de la cultura mediterránea y entrada del océano Atlántico, este pueblecito pesquero es Patrimonio de la Humanidad desde 2001. Su medina fortificada mezcla los rasgos musulmanes con los restos de las colonizaciones europeas, dándole así un toque distintivo. Todo ello desembocando en el puerto, donde sobresalen viejos cañones y murallas que protegían esta ciudad portuaria de ataques piratas. De playas largas y plateadas, es el lugar ideal para disfrutar de un fin de semana entre tés, alfombras y largos paseos por la playa a lomos de un camello.

Un marroquí con chilaba en el puerto de Essaouira © Bisual Studio

Vistas de la muralla y los cañones que protegían Essaouira de ataques piratas © Bisual Studio

Un bereber paseando por la playa de Essaouira © Bisual Studio

4. Al este, las cascadas de Ouzoud

A 150 kilómetros de Marrakech y colgadas en la cordillera del Atlas, se encuentran las cascadas de Ouzoud. Un vergel soberbio enclavado en un oasis rodeado de una geografía terrosa y desértica. Con saltos de agua de más de 100 metros de altura, estas cascadas son una visita imprescindible para los amantes del rafting, la pesca o el senderismo. Los embalses formados en los confines de la cascada son fantásticos para descubrir nuevas rutas y caminos. Además, se puede recorrer la garganta, bañarse en sus gélidas aguas y después descansar en alguna de las terrazas con vistas que hay en los alrededores de la misma. Un paisaje sobrecogedor conformado por tres desniveles que conforman las cascadas más famosas del norte de África.

Cascadas de Ouzoud © Bisual Studio

5. Al sur, el valle del Draa y el desierto del Sáhara

Existe una ciudad, al sur de Marrakech, cuyo significado en lengua bereber es “sin ruido”. Ouzarzate es un remanso de paz y punto de partida para visitar el Valle del Draa. Una ruta de magníficas ciudadelas y fortalezas de adobe (kasbahs) enclavadas en un paisaje asombroso. La kasbah de Taourirt, en el corazón de Ouazarzate, es el primer ejemplo de ello. Siguiendo la carretera hacia el sureste que se dirige a Zagora, se atraviesan las montañas del Atlas. Un drástico cambio de paisaje se perfila entonces. De la escarpada cordillera a la tierra seca que domina esta región del sur, pasamos por un profundo palmeral para acabar en las interminables extensiones de dunas saharianas.

Campo de cultivo en los palmerales del Valle de Draa © Bisual Studio

La llegada al Sáhara en las proximidades de Mhamid contrasta con el verdor de los últimos kilómetros de palmeral del valle del Draa. La arena, los antiguos poblados bereberes y los oasis perfilan un paisaje prodigioso. Dormir en una jaima arropado por un manto de estrellas y silencio es una experiencia de la que no se debe prescindir al visitar Marruecos. El viento modela lenta e imperceptiblemente un universo de formas y volúmenes anaranjados efímeros. Como escribió Paul Bowles en su libro “El cielo protector”: a_llí en el desierto, aún más que en el mar, tenía la impresión de que estaba sobre una gran mesa, de que el horizonte era el borde del espacio_.

Kasbah de Ouazarzate © Bisual Studio

Desierto del Sáhara © Bisual Studio

Atardecer en el desierto del Sáhara © Bisual Studio

¿Crees que nos hemos dejado algo? Déjanos un comentario y cuéntanos qué deberíamos hacer en Marruecos.

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