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Sevillaníssimo
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EL REGALO DEL TIEMPO

Paseaba por las bulliciosas y luminosas calle del centro de  Sevilla, distraído en mis asuntos, cuando por casualidad vi un cartel de Rolex que colgaba en una fachada, uno de aquellos carteles verdes, antiguos y desgastado por el el sol, de esos que identifican una relojería de las de antes.




Recordé que hacía días llevaba el viejo reloj de mi abuelo en la muñeca derecha.  Ya sé que llevar dos relojes a la vez, es confuso a la vista de extraños para mi también pero sentía que tenía que arreglarlo y como se suele decir “tengo la cabeza a la tres de la tarde”.  Había algo misterioso en ese reloj, había dejado de funcionar un 3 abril a las 12:14, por qué?

El reloj me traía muchos y buenos recuerdos de mi infancia, sobre todo de mi abuelo. Había estado olvidado durante muchos años, guardado como si estuviera maldito en un cajón de la casa de mis padres. Desde siempre recordaba a mi abuelo Pepe con ese reloj en su muñeca y como se lo quitaba para machacar aceitunas gorda mientras las aliñaba. Cuando terminaba se lavaba las manos y me contaba historias del campo mientras le daba cuerda a su viejo reloj.

Que pasaría ese día, a esa hora? Qué ocurrió ese 3 abril a las 12:14?  Llevaba días preguntándome pero no había podido recordar nada, yo solo era un niño. Le había preguntado a mi madre pero siempre se había mostrado esquiva, cambiaba de tema como si no tuviera importancia.

Ví el cartel de Rolex, en una bocacalle de la calle Feria, que señalaba la fachada de una vieja relojería, un pequeño escaparate con multitud de modelos de relojes no muy modernos,  entre ellos los famosos Casio se mezclaban con relojes de pulsera y algunos de pared.

Mientras traspasaba el umbral de la tienda, precedido por una pesada puerta de madera,  esquive un pequeño plinto en el suelo de terrazo y me fijé en unos marcados surcos, consecuencia de una larga relación con su hermana la puerta. Todo mostraba la antigüedad del negocio y para rematar la experiencia mientras dirigía la mirada al mostrador,  una pequeña campana metálica, colgada encima de mi cabeza,  anunció mi llegada a bombo y platillo.

El sonido metálico alertó, como si se tratara de la hora de comer, a la dependienta. Una señora encorvada, con el pelo con demasiado volumen, que se encontraba tras un pequeño mostrador , esperando callada mi muestra de educación, la propia que alguien que entra en tu casa debe.

– Buenas tardes, dije.

– Buenas tardes señor-  respondió ella, continuando con voz temblona y sobria. – Que desea usted?

–  Señora, este reloj antiguo parece que no quiere continuar funcionando.

–  Confíe usted en las cosas antiguas, tienen más vida de la que pensamos. No se preocupe, enseguida sale mi hijo, está en la trastienda. Siéntese por favor.

La señora se marchó entrando en una pequeña puerta y dejándome solo en la estrecha tienda. Dos sillas de madera en una pared y frente a ellas, todo un rosario de relojes. Los de mano y bolsillo estaban en una estantería de madera desgatada por el uso, y protegidos con unas finas láminas de cristal. En la pared cantidad de relojes de cuco, de diferentes materiales, tamaños, colores y cada uno marcando diferentes horas. Que raro, tratándose de una relojería,  pensé, ya podía pararse a ponerlo en hora, no? Me levanté para observar más de cerca los relojes de cuco,  y enseguida me llamó la atención uno de ellos, su  esfera tenía un símbolo como el reloj de mi abuelo. Serán de la misma marca pensé, pero quedé aún más sorprendido cuando me di cuenta que estaba parado a las 12:14. Justo en ese momento, sin darme tiempo a pensar en la coincidencia, una voz ronca rompió el armónico tic-tac del sonido de los relojes de la tienda.

– Buenas tardes señor, me han dicho que trae usted un viejo reloj.

El relojero salía de un pequeño cuarto, una cortina impedía pasar la luz de lo que parecía un taller lleno de cachivaches. Un señor mayor con muchas canas y en su nariz prominente se apoyaban unas gafas con gruesos cristales, que tenían una lente auxiliar aún más gruesa, era un poco extraño, recuerdo que pensé que con esas gafas podría ver todos los secretos de cualquier persona.

– Veo que se ha fijado en los relojes de la pared.

En ese momento le alargué la mano ofreciéndole el reloj de mi abuelo,  mientras él hablaba y yo asentía con la cabeza. Enseguida me llamó la atención que aquel hombre también llevaba dos relojes, uno en cada muñeca. Cuando tomó el reloj en sus manos parecía que le resultaba familiar y me dirigió una mirada de aprecio, con sus enormes gafas, como si me conociera.

– Este es un gran reloj señor, qué sabe usted de él?

– Poca cosa, sé que perteneció a mi abuelo y que lleva muchos  años guardado en un cajón. Es curioso porque se paró a las 12:14, igual que ese reloj de la pared y además tiene el mismo logotipo…

– Es un reloj muy especial. Su reloj conoce muchas historias, contiene un alma.

– No es mío, perteneció a mi abuelo, yo sólo lo encontré y quería saber si tiene arreglo.

–  Al reloj no le pasa nada. (respondió el relojero) Sólo busca a su dueño.

–  Busca a su dueño? Cómo puede hacer eso un reloj?

En ese momento uno de los relojes de cuco de la pared, comenzó a sonar, aunque no era la hora en punto (entre dientes el relojero exclamo “Que Dios lo tenga en su gloria”)

– Cómo ha dicho usted?

– Nada, es una vieja costumbre. (Respondió)

Mientras se acercaba, mi viejo reloj a la oreja como si pudiera escuchar su historia y miraba a su esfera con la gran lente de sus gafas, el cuco de la pared dejó de sonar y las manecillas se detuvieron, quedaron inmóviles a la 13:18. Todo aquello comenzó a darme un poco de miedo, muchas coincidencias seguidas, aquella pequeña tienda y todo lo que envolvía el reloj, empezaba a pensar que haber encontrado aquella relojería no había sido causa del azar, sino del destino.

– Qué ve en el reloj? (Pregunté)

–  Muchas cosas hijo, perteneció a un gran hombre, un hombre que hizo un gran sacrifico por amor…

– Sacrificio, conoció usted a mi abuelo?

– Sí, yo le di este este reloj…

En ese momento las piernas me temblaron y la habitación comenzó a dar vueltas. Me senté en la silla mientras recuperaba el aliento y recordé lo que pasó aquel fatídico 3 de Abril.

– Que dice usted hombre… Esto no tiene gracia, mi abuelo desapareció hace mucho tiempo. Siendo yo un niño, recuerdo perfectamente aquella mañana de sábado, íbamos a salir a pescar, todos juntos, mi abuelo entró como cada mañana de fin de semana abriendo la ventana y gritando “Vamos gorrión, que el sol ha salido”, pero yo no quería ir a pescar, me enfurruñé, quería ver la tele y al final no fuimos a pescar. Unas horas después un incendio comenzó en la cocina de la casa, nos quedamos atrapados sin poder salir y recuerdo que mi abuelo nos sacó uno a uno de entre las llamas. Todo el mundo pensó que había muerto en el incendio pero no lo encontramos, sólo encontramos el reloj. Seguro que se le cayó mientras nos sacaba de aquel infierno, no encontraron su cuerpo. Él no pudo salvarse..

– Lo sé mejor de lo que piensa, ve usted todo los relojes de cuco de la pared?

– Si.

–  Junto con los relojes de pulsera forman una pareja y pertenecen a una persona, marcan las experiencias de su vida y cuando el cuco suena, el reloj se para y también su vida.

– Que está diciendo usted? Cuando el cuco ha sonado, su dueño ha muerto?

– No exactamente, cree usted en la magia?

– Magia? Como la que hace Juan Tamariz…

– No, en la verdadera magia. El mayor poder de la magia reside en el amor, es el maná más potente. Cuando el propietario del reloj realiza un verdadero acto de amor, el tiempo se detiene.

– Qué quiere usted decir? Mi abuelo se sacrificó?

– Si, él les salvo.

– Por qué desapareció? Ahora recuerdo claramente lo que paso ese día, fue culpa mía, si hubiéramos ido de pesca, nada de eso habría pasado y mi abuelo segu


iría vivo.   – dije entre sollozos.

– El reloj necesita un pago por parar el tiempo, un pago de vida, necesita un alma…

Toda esa historia me sobrepasaba, como es posible que el reloj me haya traído hasta aquí, todo esto es imposible…

– Esto es imposible… Como sabe usted todo esto?

– Yo le di el reloj a su abuelo.

Estaba completamente perplejo con todo lo que aquel anciano estaba contándome, me debatía entre la incredulidad y los recuerdos de mi abuelo. Es posible? Él  nos salvo y después desapareció como pago al reloj? Todo fue culpa mía… El relojero se acercó a mí.

– No llores hijo, te mereces este reloj más que nadie. Te conozco, tiene un gran corazón, al igual que tu abuelo y quiero hacerte un regalo que conlleva una gran responsabilidad…

Mientras le daba cuerda. De repente el reloj comenzó a funcionar, me lo puso en la muñeca y señaló a la pared donde estaban los relojes de cuco.

– Mira, tu reloj de cuco se ha puesto en marcha… Debes creer en la magia del amor, el amor es muy poderoso. Ahora  vete a casa y descansa, mañana verás  las cosas desde otro punto de vista.

Me levanté de aquella silla y me dirigí hacia mi casa, pensando que lo daría todo por no haberme quedado viendo la televisión esa maldita mañana, que todo había sido por mi culpa.  Esa noche caí rendido, deseando volver a ver a mi abuelo y rezando para que donde estuviera, estuviera bien.

A la mañana siguiente cuando me desperté todo era diferente, la luz que entraba por la ventana, el dormitorio, los muebles, incluso yo, “ERA UN NIÑO”… Que había ocurrido, que estaba pasando… En ese momento la puerta del dormitorio se abrió y mi abuelo entro en el gritando “Vamos gorrión, que el sol ha salido”, como cada mañana de todos los fines de semana cuando era niño. Salté de la cama y me abrace al él, tan fuerte que me dijo: “Estás bien hijo, has tenido una pesadilla”… estuvimos abrazados un buen rato y después salimos todos a pescar…

Realmente había sido una pesadilla o la magia del amor?

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